12/03/2009

14. El patrullero y la verdad de la mujer policía

La mujer policía caminó desde el umbral de la puerta hasta la vereda de la casa de Alexis. Con un ademán me señaló el patrullero que estaba del otro lado de la calle. En el patrullero, del lado derecho, el conductor parecía como dormido sobre el volante. La oficial se acercó hasta la puerta del susodicho hombre y se quitó la gorra y la arrojó por la ventanilla. Yo me estaba acercando al patrullero cuando vi que se estaba sacando la campera y la camisa de policía… Se estaba sacando todo… Por un momento pensé en algo… libidinoso.

—Bueno, por lo menos la pudimos despistar —dijo la mujer en clara alusión a Alexis—. Lo mejor es que estemos solos.

Y ahí sí que me fui al carajo. Obviamente que mi mente pensó en cosas orientados a lo sexual claramente. Cómo quien dice, me hice la película. ¿Pero por qué yo? ¿Por qué en ese momento y lugar? Y por sobre todas las cosas, ¿qué me habría visto? Y aunque admito que la mujer era muy sensual, a mí me gustaba Alexis.

Cuando se sacó la camisa verde, sin embargo, todas esas ideas se disiparon. La muchacha tiró las ropas de policía adentro del auto donde el policía seguía impasible ante la situación. En ese momento llegué a la peor conclusión: el hombre estaba muerto. Lo que me llevó a pensar eso fue el uniforme que llevaba debajo de la ropa de policía; era un mameluco blanco igual al que llevaba la otra pendeja que quiso matarme al lado de las vías del tren.

Ya lo había entendido todo, seguramente esta mujer me sacó para terminar lo que la otra no pudo. Me asusté, obviamente, pero no me moví ni atiné a escaparme. Me había asustado pero no le temía, por dentro mi deseo era conseguir respuestas. Y sabía que esa mujer me las daría aunque tuviera que matarme.

—¿Quién sos? —le grité— ¿Qué tenés que ver con la otra pendeja?
—Veo que rápidamente te diste cuenta de dónde vengo. Eso me va a facilitar mucho las cosas —dijo muy tranquilamente, como si no notara la tensión que había en mi voz al gritar—. Dejame responder que esa “pendeja” es una íntima amiga mía.
—¿Quiénes mierda son ustedes? ¿Qué carajo quieren conmigo?
—Bueno, bajemos el tonito, ¿eh? No te va a pasar nada, tranquilo…
—¡No te creo una mierda!
—Mirá, calmate si querés que las cosas salgan bien, ¿entendido? Si no te va a ir mal conmigo —dijo mirándome con el ceño fruncido y esta vez la tranquilidad se desvaneció para enunciar la frase con tono amenazante.

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