—¿Escuchaste, no? —dijo la mujer de cabellera azul—. No me gusta que me anden gritando y más alguien que recién conozco.
—¿Eh? —dije totalmente desorientado. Esa frase había sonado más a una queja de un amigo que a una amenaza real.
—Y esa “pendeja”, se llama Nadian. Tendrá sus errores, pero no voy a permitir que la llames tan despectivamente como lo hacés.
—¿Eh? —cada vez entendía menos.
—La chica que te quiso matar, se llama Nadian.
—¿Qué? ¿De verdad?
—¿Qué te pasa? Parece que hubieras visto un fantasma o algo así… ¿Te pasa algo?
No sabía qué pensar. Por más que lo quisiera, cuando cambió el tono misterioso que tenía, la chica parecía agradable. No me sentí amenazado, ni nada. Básicamente era la antítesis de la otra muchacha que despedía un aura hostil desde el comienzo.
—¿Cómo… cómo te llamás?
—Ah, cierto, qué tarada. Me llamo Vanya, mucho gusto.
La muchacha, ahora Vanya, me extendió su mano en forma de saludo. La miré con desconfianza primero, quizás era una trampa, pero luego no tuve otra opción que darle la mano. Cuando toqué su mano sentí nuevamente esa sensación de calor-que-no-quema proveniente desde el interior de su ser.
—Este… Mucho… gusto —respondí muy intrigado por todo lo que pasaba—. ¿Qué? ¿Qué es lo que lo que está pasando? ¿Vos me podés explicar?
—Tranquilo, espera un segundo.
Vanya abrió la puerta trasera del patrullero. Allí había acostada una mujer en los asientos traseros. Seguramente estaba muerta, al igual que el conductor. Estaba en paños menores y ahí supuse que la ropa que ella llevaba, se la había robado a esa verdadera oficial de policía. Obviamente que toda esa sensación de confianza que había dado se diluyó cuando recordé las dos muertes.
—¡Hija de puta! ¡Entonces mataste a los dos para hacerte pasar por policía y secuestrarme! ¿Eh? —grité furioso.
—¡Pará! ¡No grites! —dijo gritando mucho más fuerte que yo y dejándome atónito—. ¡Calmate, te dije! No digas algo tan feo, no soy una asesina, yo no maté a nadie. Fijate, están dormidos —dijo y furiosa señaló a la mujer para que yo me acercara y constatara con mis propios ojos.
Me acerqué y vi que efectivamente, la oficial respiraba tranquilamente sumida en el quinto sueño.
—Es… cierto… No están muertos —dije aliviado.
—¡Por supuesto que no! —dijo ella totalmente ofendida—. Vení, ayudame.
—¿A qué?
Vanya se quitó los pantalones le policía, que era la última parte del uniforme que no se había sacado. Debajo, claro está, estaba el extraño mameluco blanco.
—A ponerle los pantalones a esta pobre mujer. No la voy a dejar en bombacha con el frío que hace, encima que la dormí.
—Está bien —dije sorprendido por la extraña actitud de compasión que tuvo con sus “víctimas”.
Ella se subió al auto y se puso del lado izquierdo, donde daban los pies de la mujer dormida. Le puso sus pantalones desde los pies hasta la rodilla y luego me dijo que tirara hacia mi lado desde ahí. Me dio un poco de pudor, pero ella me dijo que estaba dormida, que no iba a sentir nada.
Luego dejarla vestida, cerró la puerta del patrullero y me dijo que la siga. Caminó tres pasos y luego, de forma increíble se elevó en el aire como lo había hecho la otra mujer, y yo, por supuesto. Estaba elevándose lentamente cuando paró y desde el aire me dijo:
—Vamos, ¿no podés volar?
—Sí… Este… Pude dos veces, pero…
—Y bueno, ¿qué estás esperando?
—Digamos que fue por pura casualidad… ¿Es algo que se puede dominar?
—Por supuesto… Pero parece entonces que el maestro no exageraba cuando decía que no sabías un carajo de todo esto… Bueno… —dijo y luego suspiró resignada—. Vamos a tener que hacerlo a la antigua.
Vanya descendió lentamente hasta que sus pies nuevamente tocaron el suelo frío de la acera.
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