Les voy a contar dos historias. La primera se trata de un hombre que vive, digámoslo, en el conurbano bonaerense, cualquier lugar que les parezca bien, Ramos Mejía, Burzaco, Morón, Lanús, Vicente López. El que quieran, no importa. De joven, este hombre vivió con sus padres, dos personas muy trabajadoras y rectas y que, aunque no le dieron todo lo que quisieron, le dieron todo lo que pudieron. El hombre consiguió un trabajo, una mujer bonita y un par de críos tan bonitos como ella.
Una tarde este hombre salió de trabajar y se subió a su auto. No importa la marca tampoco, elijan la que ustedes quieran. Se sube al auto y acontece que un malhechor le quiere robar el auto. Asustado, forcejea, pero cuando ve que su enemigo tiene un arma de fuego se detiene. El bandido gatilla su arma varias veces y este hombre muere asesinado, dejando a la deriva a su mujer y sus hijos. Y a sus padres destrozados.
La segunda parte de esta historia también trata de un hombre que vive también en el conurbano bonaerense, en cualquier lugar. De chico soñaba con ser, no sé, arquitecto, abogado o futbolista, da lo mismo. Sus padres, obligados por la ley lo mandaban al colegio. Primero, segundo, tercer grado. Pero a medida que fue creciendo fueron teniendo más hijos, y entonces no había tiempo para los hijos más grandes. Ellos se podían valer solos, por supuesto. Entonces, un día, al que le aburría la escuela, no fue. Los padres no estaban ahí ni para darse cuenta si estaba o no, ni tampoco para contestar el teléfono cuando de la escuela llamaron. Desde la escuela intentaron varias veces preguntar por qué este chico no iba a estudiar. Pero luego lo olvidaron.
El chico entonces decidió hacer lo que él quisiera, pasearse con un grupo de amigos que tampoco iba al colegio y por los que sus padres tampoco se preocupaban. Un día descubrió el sabor de alcohol y le gustó. Además le hacía olvidar esa pobre infancia que tuvo. También ese efecto tenían las drogas, y tan bien le hacían olvidar que olvidaba qué estaba bien o mal.
Un día este joven, se dio cuenta (o no) de que estaba a la deriva. No sabía ni dónde vivían sus padres. Si tenía más hermanos o no. Vio a un hombre que subía a un auto. Quería ese auto, podría venderlo para comprar algo, alcohol, drogas, para usarlo él, no importa el motivo, lo quería. Mató al hombre que otrora era dueño del auto.
¿Cuándo murieron ambos? El primero, lamentablemente murió en un asalto de una manera que nadie querría, dejando una familia destrozada y con impotencia, porque el joven no quedó tras la rejas por... Cualquier motivo pelotudo.
El segundo murió cuando todos olvidaron que era un niño que necesitaba una familia más contenedora, estudiar y que tanto escuela como padres se den cuenta de ello. Claro, mató a un hombre, pero cuando lo hizo ya no era un ser humano, era una escoria social creada por la maquinaria oscura de un gobierno al que sólo le importa que los voten para seguir manejando el mundo a su antojo y, además, una sociedad individualista e hipócrita.
Condenar a ese joven asesino no sirve. Tampoco meterlo preso a los 14 años. Tampoco que la familia de la víctima salga a matarlo. Ni tampoco que la sociedad o los medios amparen todas estas opciones como viables.
Lo que se tenía que haber hecho era que el principio de ambas historias sean iguales. Que la familia tenga un buen trabajo que les permita vivir, recta y educadamente. Que sepan sobre métodos anticonceptivos. Que tenga acceso a la salud y a educación. Que se esté seguro de que esta familia reciba estos derechos. Que la escuela se dé cuenta de cuándo un pibe falta por alguna razón y que se haga algo por el chico y por sus otros hermanos que seguramente correrán el mismo destino.
También que los gobernantes dejen de hacer oídos sordos. Que la justicia sea justa y efectiva. Que los medios no les laven la cabeza a la gente. Que la gente sepa que el fiscal no es el que inventó las leyes y no es el que mató a alguien. Que no se quiera responder a la violencia con más violencia.
Pero hay gente tan confundida que cuando cualquier pavo que no sabe que los dinosaurios se extinguieron, sale a apoyarlo para pedir muerte para los que matan. No se dan cuenta que no se puede matar a alguien que ya está muerto. Ese que mató, también se acaba de matar, cuando perdió su humanidad, y fue un desecho de la sociedad que en el mejor de los casos, entrará y saldrá del calabozo como si fuera su casa. Además que matando al asesino, no se revive al ser perdido.
Quizás sea verdad que como a mí no me tocó, hable como lo hago, que si me pasaría a mí no hablaría así. Aunque si me tocara trataría de no cambiar la forma que tengo de pensar. La idea de esto es prevenir, no lamentar. Sin embargo, estamos tan poco acostumbrados a prevenir, que nos damos cuenta cuando esto se convierte en epidemia.
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