30/09/2009

Cualquier estación...

“Mirá lo que tengo acá”, le dije y le mostré el boleto de la línea 152, valor 1.10, aunque hoy ya no se noten esos datos porque la tinta se borró. “Este bondi me trajo a vos. Tal vez algún día me traiga otra vez”, leí. “¿Te acordás de cuando me diste esto?”, le dije. Había sido allá en La Farola, un domingo a la mañana temprano, día de franco de mi trabajo en el supermercado francés que poco me duraría.

El día anterior había llegado y yo aunque quería, no pude estar con ella por cuestiones laborales. Había llovido todo el día intensamente y recuerdo correr desde la sección de electrodomésticos donde oficiaba de vendedor hasta la de limpieza para buscar baldes y secadores porque el agua se había filtrado y podía llegar a mojar los preciados bienes en exhibición, televisores, computadoras, dividís, elecedes, todos a un módico precio, hasta 6 cuotas sin interés y 12 con recargo del diez por ciento. Ese fin de semana había descuento en emepecuatros y como el mío había muerto, decidí comprarme uno nuevo, así que cuando salí de mi horario de trabajo, volví a mi sector, pero como cliente a comprar el nuevo aparato.

Mi viejo me pasó a buscar, porque él trabajaba y fuimos a la casa de mi tía porque esa noche ahí compartíamos la cena con ellos. En su casa probé mi nuevo dispositivo reproductor de música y comencé a cargarle música que tenía mi primo cargada en su ordenador. Casi sin saberlo, mandé música de Las Pastillas del Abuelo, de quien conocía pocos temas, dos que me había pasado una ex novia y a los que poca atención presté a pesar de ella. Esta vez, les prestaría mucha atención a los temas.

La mañana siguiente me tenía que levantar temprano para ir La Farola y verla. Estábamos armando sueños y además de verla a ella, que para mí era lo más importante, también veríamos al tipo de la editorial quien nos explicaría muchas cosas y por supuesto, cuestiones de dinero, obviamente. Me retrasé torpemente porque emocionado con mi nuevo aparato, me quedé un rato cargando música, se me hizo tarde para bañarme, lo cual hizo que se me haga tarde para salir y por supuesto para llegar a la hora acordada. Le avisé de mi retraso y ella siempre comprensiva me esperó.

Dos horas después llegué finalmente al lugar y cuando entré, ella me daba la espalda. Intenté sorprenderla desde atrás, pero me vio así que sólo fue un saludo y enseguida me senté al frente de ella. Le mostré mi nueva adquisición, esa misma que meses después me sería robada por una imprudencia mía y más que nada por un tipo nada amistoso que quería el aparato quién sabe para qué fin. Conversamos de muchas cosas y en un momento hablando y quién sabe por qué, terminamos de las manos cantando Calipso de Las Pastillas y la famosa frase “Cualquier estación para mí es primavera con vos”. Sólo que cambiamos la primavera por el otoño. Yo me sentí feliz todo ese día pasando la tarde con ella, entre pizza, café y milk shake. Y el tono cursi de esa frase se debía a ese sentimiento que tímidamente iba a creciendo, pero que negaba por todo lo que eso implicaba.

En medio de todo eso, ella escribió en el dorso de ese boleto que yo guardé con mucho cariño en mi billetera durante mucho tiempo hasta que lo saqué y lo guardé en mi caja de recuerdos, porque quién sabe cuándo podría perder la billetera o cuándo me la podrían robar. El boleto se había convertido para mí en algo más valioso que toda la plata y tarjetas que pudieran darme.

Al final del día, cuando ella tenía que irse de vuelta a su hogar allá en la costa atlántica, y yo allá en los suburbios, la saludé. Cuando me subí al subte escuché Calipso todo el viaje de vuelta. Tenía ganas de que no se fuera, y como un iluso me hacía callar esos sentimientos que nacían.

Ya había vuelto a casa. Estaba navegando e internet y me dije que era hora de cambiar mi contraseña, una práctica que había empezado a hacer hace poco, cambiar los passwords que frecuencia. Aún entonces, seguía pensando en ella y en esa canción y puse como contraseña “Cualquier Estación Para Mí Es Primavera Con Vos 259” (cepmepcv259) y como un idiota seguía negándome esos sentimientos.

“¿Te acordás?”. Sí, me dice que se acuerda y que soy un tierno por conservar ese boleto. Y es tonto, pero cada vez que escucho esa canción o cada vez que tengo que tipear una contraseña, yo también me acuerdo de ella. Como ahora lo hago. Pero como siempre, negando todos esos sentimientos.

3 respuestas:

  1. Jajajaja, tan boludo no soy, la cambié desde entonces, ¿no? :P
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  2. sos tan hermosamente cursi.
    Cualquier OTOÑO para mi es primavera con vos.
    Esperame que te espero. que en cualquier momento un Basa costera criolla me va a llevar a vos otra vez.
    TA, nenito!
    Sa.
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