Perder un tren es algo que nos puede suceder a todos y muchas veces. Ver pasar el tren por el frente de nuestros ojos y ver como se va, llevándose o solo a los pasajeros que llegaron a tiempo, sino que también a nuestras esperanzas y añoranzas, de acuerdo a la metáfora de "subirse al tren".
Así, cuando el tren se va, uno se queda, no sólo como un idiota, también se queda con lo que cargamos encima, con un boleto comprado al pedo (aunque en algunos casos puede que no sea tan así). Nos quedamos sin nada o con mucha congoja, lamentando lo ocurrido. Deseando estar en ese tren, imaginando donde estaría uno, ahora, si hubiera llegado a tiempo a tomarlo. Puteando, sin dudas.
Y entonces o queda uno esperando un nuevo tren (que a veces no llega) o buscando una alternativa, esperando otro tren u otro medio de transporte. Para llegar. ¿Adónde? A algún lugar. La gente no se desplaza porque sí. Tiene motivaciones, decisiones tomadas, acuerdos, objetivos. Si el tren se va, entonces no se puede cumplir con nada de lo mencionado anteriormente, no se puede sentirse realizado.
El transporte no es algo tan simple como parece, no es subir a un tren, a un colectivo o a un subte porque sí, porque tengo que llegar ya y no me importa. No hay viajar por viajar, eso es una falacia (como la del arte por el arte). Paso más tiempo de mi vida del que quisiera viajando en distintos medios de transportes, pero tampoco me quejo, todos los viajes son importantes, es importante estar en viaje.
Angela Pradelli juega con las vidas de personas que viajan para cumplir algunos de sus objetivos en una Combi, en la novela de éste mismo nombre. La polifonía bajtiniana aparece en cada rincón, todo el tiempo. La novela no tiene un protagonista, un héroe (aunque quizás el propio medio de transporte sería el protagonista), sino un conjunto de voces. En el contexto de un rutinario viaje hacia la Ciudad de Buenos Aires que hacen los pasajeros, estos son puestos en una situación límite en lo que a cuestiones de viaje se refiere: un piquete. Pero no cualquiera, un piquete que conmemora los 3 años de la muerte de los jóvenes Darío Santillán y Maximiliano Kosteki a manos de la policía en la estación de Avellaneda.
La situación límite pone a los personajes en un aprieto, en una congoja, la gran duda: ¿llegaremos a tiempo o no? Cada uno de los pasajeros (y el chófer, y la telefonista y la dueña de la empresa) se moviliza por distintas razones. Por llegar al trabajo, para cumplir un compromiso, para atender una cita, para hacer un casting, para buscar a alguien, cada una de las motivaciones nos son presentadas a través del intertexto, de la cita y del relato enmarcado, y en el medio de todo se cuelan las imágenes de Kosteki y Santillán asesinados; y finalmente tenemos una serie de capas sobre capas sobre capas en las cuales el lector enseguida parece perdido en historias que aparentemente no tendrían nada que ver con nada, pero finalmente sí.
Cada persona está centrada en sí misma, si bien la queja de llegar temprano al principio parece unísona, al final se diluye cuando detenidos en el camino, cada uno toma un destino distinto y la situación límite los define ideológicamente también.
Cada personaje se entrecruza hábilmente con el otro, y uno tiene finalmente la impresión de que tranquilamente todas esas personas tan especiales y misteriosas podrían estar sentadas al lado nuestro en una combi, paradas al lado nuestro en el subte en hora pico, o puteando detrás nuestro porque perdieron el tren. Uno por primera vez puede lograr eso que en realidad quizás nunca logrará: meterse en la mente y ver qué piensan las personas con las que compartimos transporte a diario, cuáles son las motivaciones que a cada uno lo mueven, que a cada uno lo llevan a comprar ese boleto, pasaje o reserva para viajar. También lo que pasa cuando el tren no avanza, el bondi se queda.
Pero también lo que pasa cuando en la estación de Avellaneda el cartel está sobrepintado con la leyenda "Darío y Maxi", cuando un nene de escasos años, mocoso y sucio se pone a repartir estampitas y algunos le dan monedas y otros los miran horrorizados e indignados cuando le encaja de prepo el niño la tarjetita en algún lado que él crea conveniente. Porque el mundo interno, se funde con el externo, la mente con la sociedad, y de ahí deviene el mundo ideológico que está cruzado y nos invade en todos lados.
Este país es un caos!!!
ResponderEliminartwitter: @cotidianologo
No estoy de acuerdo, para nada.
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