Se dice que la violencia se encuentra en todos los ámbitos de nuestra vida y que por ejemplo la violencia en la televisión o en los videojuegos corrompe a los chicos y los induce a la violencia, y por eso hay que cuidar que ven y a que juegan. Padres paranoicos, entonces tampoco acerquen a sus hijos a la literatura.
Porque hay pasajes de la literatura universal que son tan escabrosos y sangrientos que ni mil fatalities del Mortal Kombat ni mil películas de El juego del miedo juntas podrían superar. Y por eso, ¡viva la literatura!
Este es un ejemplo bastante light de un libro que estoy leyendo de un autor español llamado Vicente Blasco Ibáñez:
(...)Tan grandes eran su terror y su turbación que hasta le habló en castellano.Blasco Ibáñez, Vicente; La Barraca; Buenos Aires, Editorial Kapelusz, 1984(1898)
—¡Barret! ¡hijo mío! —dijo con voz entrecortada—. Todo ha sido una broma: no hagas caso. Lo de ayer fue pare hacerte un poquito de miedo... nada más. Vas a seguir en las tierras... Pásate mañana por casa... hablaremos. Me pagarás como mejor te parezca.
Y doblaba su cuerpo, evitando que se le acercase el tío Barret. Pretendía escurrirse, huir de la terrible hoz, en cuya hoja se quebraba un rayo de sol y se reproducía el azul del cielo. Como tenía la acequia detrás de él, no encontraba sitio para moverse, y echaba el cuerpo atrás, pretendiendo cubrirse con las crispadas manos.
El labrador sonreía como una hiena, enseñando sus dientes agudos y blancos de pobre.
—¡Embustero! ¡embustero! —contestaba con una voz semejante a un ronquido.
Y moviendo su herramienta de un lado a otro, buscaba sitio para herir, evitando las manos flacas y desesperadas que se le ponían delante.
—¡Pero Barret! ¡hijo mío! ¿qué es esto?... ¡Baja esa arma... no juegues... Tú eres un hombre honrado... piensa en tus hijas. Te repito que ha sido una broma. Ven mañana y te daré las lla... ¡Aaa!...
Fue un rugido horripilante, un grito de bestia herida. Cansada la hoz de encontrar obstáculos, había derribado de un solo golpe una de las manos crispadas. Quedó colgando de los tendones y la piel, y el rojo muñón arrojó la sangre con fuerza, salpicando a Barret, que rugió al recibir en el rostro la caliente rociada.
Vaciló el viejo sobre sus piernas, pero antes de caer al suelo, la hoz partió horizontalmente contra su cuello, y... ¡zas! cortando la complicada envoltura de pañuelos, abrió una profunda hendidura, separando casi la cabeza del tronco.
Cayó don Salvador en la acequia; sus piernas quedaron en el ribazo, agitadas por un pataleo fúnebre de res degollada. Y mientras tanto, la cabeza, hundida en el barro, soltaba toda su sangre por la profunda brecha y las aguas se teñían de rojo, siguiendo su manso curso con un murmullo plácido que alegraba el solemne silencio de la tarde.
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