25/10/2011

Juan López y John Ward

1 respuestas

Anoche vi por Canal 9 la ficción Decisiones. Un unitario en el cual los personajes se encuentran enfrentados unos con otros con problemas límites, que a veces exceden las fronteras de sus cuestiones morales, sentimentales y políticas. En el último capítulo, el hijo de un veterano de la Guerra de Malvinas, lleva a su novia Inglesa a casa a presentársela. Al final de ese capítulo, un locutor leía el siguiente poema de Jorge Luis Borges publicado en “Los conjurados”:

Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países,
cada uno provisto de lealtades,
de queridas memorias,
de un pasado sin duda heroico,
de derechos,
de agravios,
de una mitología peculiar,
de próceres de bronce,
de aniversarios,
de demagogos y de símbolos.
Esa división, cara a los cartógrafos,
auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil;
Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown.
Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad,
que le había sido revelado en una aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos,
pero se vieron una sola vez cara a cara,
en unas islas demasiado famosas,
y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos.
La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.

19/10/2011

—¿Y cómo se siente?

2 respuestas

—¿Cómo se siente? Y... Es como cuando vas caminando por la calle, o por un pasillo, o por un lugar muy estrecho y ves que de frente viene otra persona y ambas notan que si continúan su trayectoria en línea recta provocarán un choque entre ambos cuerpos. Entonces las dos personas deciden desviarse de su ruta para evitar el choque pero, por esas casualidades de la vida, ambos se desvían en la misma dirección, y entonces las trayectorias se vuelven a cruzar y el peligro de choque sigue latente. Entonces otra vez ambos se desvían, pero el acuerdo se deshace en el desacuerdo, porque ambos están de acuerdo en que deben quitarse del medio para dejar pasar al otro, pero están en desacuerdo en quién se moverá y quién se quedará quieto para que este desvío de trayectoria sea exitoso. El movimiento que provoca los bloqueos múltiples puede repetirse una y otra vez, pero para que el fenómeno que te estoy contando se cumpla tiene que ocurrir al menos una vez. Mientras tanto se produce una larga tensión entre los sujetos, que se mirarán en una mezcla entre vergüenza y enojo, y así ocurre hasta que llega el “acuerdo final” y uno se desvía y otro se queda quieto. Bueno, todo así pero ocurre en tres segundos nomás. Cada uno sigue su camino luego con un poco de vergüenza, pero después lo olvida y sigue caminando. Así se siente.

06/10/2011

Orc-Ord

2 respuestas

El orden oratorio del orate que ora, orbita orbicularmente en un orbe orbicular con un orco orático. La órbita es la orcina del órdago en la orbedad del orante con su orario oratoriano en la ordalía.

03/10/2011

La violencia en la literatura II

0 respuestas
Otro de los momentos más violentos a mi parecer en la literatura que he leído aparece en una de las piedras fundacionales de la literatura argentina: El matadero de Esteban Echeverría. El relato ya contiene en sí una gran cantidad de violencia demostrada en varias zonas del texto. Ya el título da una idea de lo que viene. En todo ese contexto, en el matadero un toro se escapa y esto provoca una muerte involuntaria y, para mí, una de las más impactantes y sangrientas, dignas de una representación cinematográfica:

El animal prendido ya al lazo por las astas, bramaba echando espuma furibundo y no había demonio que lo hiciera salir el pegajoso barro donde estaba como clavado y era imposible pialarlo. Gritánbanlo, lo azuzaban en vano con las mantas y pañuelos los muchachos prendidos sobre las horquetas del corral, y era de oír la disonante batahola de silbidos, palmadas y voces tiples y roncas que se desprendía de aquella singular orquesta.

(...)

Y en efecto, el animal acosado por los gritos y sobre todo por dos picanas agudas que le espoleaban la cola, sintiendo flojo el lazo, arremetió bufando a la puerta, lanzando a entre ambos lados una rojiza y fosfórica mirada. Dióle el tirón el enlazador sentando su caballo, desprendió el lazo del asta, crujió por el aire un áspero zumbido y al mismo tiempo se vio rodar desde lo alto de una horqueta del corral, como si un golpe de hacha la hubiese dividido a cercén, una cabeza de niño cuyo tronco permaneció inmóvil sobre su caballo de palo, lanzando por cada arteria un largo chorro de sangre.

—Se cortó el lazo —gritaron unos—: ¡allá va el toro!

Pero otros deslumbrados y atónitos guardaron silencio porque todo fue como un relámpago.

Desparramóse un tanto el grupo de la puerta. Una parte se agolpó sobre la cabeza y el cadáver palpitante del muchacho degollado por el lazo, manifestando horror en su atónito semblante, y la otra parte compuesta de jinetes que no vieron la catástrofe se escurrió en distintas direcciones en pos del toro, vociferando y gritando:

—¡Allá va el toro! ¡Atajen! ¡Guarda!

(...)

Una hora después de su fuga el toro estaba otra vez en el Matadero donde la poca chusma que había quedado no hablaba sino de sus fechorías. La aventura del gringo en el pantano excitaba principalmente la risa y el sarcasmo. Del niño degollado por el lazo no quedaba sino un charco de sangre: su cadáver estaba en el cementerio.

Echeverría, Esteban; El matadero