Hay una frase de un cuento que en cierta época de mi vida me voló la cabeza. La frase era así: “Por ese tiempo también confirmé una teoría totalmente negativa con respecto a la gente que desaparece de mi vida por arte de magia o por exceso de realidad.” Llega una época de tu vida en la que gente desaparece, se va cuando llueve como en esa canción, en la cuál se pregunta dónde va cuando eso pasa. Citas aparte, ocurre que uno recuerda a gente, y a pequeñas situaciones vividas con esa gente. Situaciones que esa gente no recuerda, pero que uno sí y con mucho valor, con mucho énfasis, si es que eso es posible, y entonces, sólo entonces, se da cuenta que si le comenta a esa persona eso que ocurrió, esta persona no lo recordará realmente.
Será que cada uno le da valor a las cosas que le parecen relevantes a uno y sólo a uno. Es la única explicación que le encuentro a que a ciertas personas les guste, por ejemplo, Justin Bieber. Pero eso es para otra ocasión.
Pasemos a Emiliano. A Emiliano lo recuerdo como un muchachito muy supersticioso, muy imaginativo, pero también muy cursi. Tengo ataques de cursilería en circunstancias especiales, cuando me enamoro, cuando obtengo grandes logros, cuando tengo que agradecer. Pero fuera de eso, trato de ser un tipo práctico y frío. Porque así me gusta. Pero Emiliano no. Recuerdo una vez en el colegio, en clase, que casi al paso dijo que le dolía el corazón. Yo me asusté, y jamás se me ocurrió pensar que el chabón tenía “dolores sentimentales”, es decir, del corazón figuradamente, y pensé en realidad que le dolía el corazón literalmente, que algo le iba a pasar y salté como loco a decirle a la maestra. Claro, quedé como un pelotudo. Pero más fue mi perplejidad al ver su explicación sobre los dolores del corazón.
Cuando fue llegando a la pubertad, recuerdo que era muy enamoradizo. Sí, yo tuve esa etapa también, pero la tenía en silencio. Él no. Como toda la vida, a ambos nos gustaba dibujar, y empezó a dedicarse a dibujar retratos. Retratos de mujeres, mujeres bonitas. No discuto su calidad de dibujante. Yo era malo, él no era genial, pero mejor que yo, seguro. Y un día me dijo que soñó y dibujó a una mujer, y que luego en la parada se había encontrado con esa mina. Otra vez la cara de perplejidad.
Después se puso de novio con una compañera del colegio. La relación duró un verano y monedas. Un día, en su casa, se me ocurrió revisar su DNI, que usaba de billetera, y tenía una hoja de árbol con el nombre de ella, escrito por ella. Lo tenía guardado con mucho recelo, y yo hasta le había bromeado con que se le perdería. Cuando se terminó la relación, me dijo que ese mismo día la hojita se rompió, como si toda la relación estuviese encerrada en ella.
No quiero delatar mi ideología acerca de lo que pienso sobre la religión, pero seguramente lo haré con esta declaración: esa superstición hizo que se volcara a ser catequista. Él deseaba tener algo místico alrededor de sí.
Pero esto no es una crítica. Porque él era mi amigo, uno de mis mejores amigos. Así de supersticioso lo quería, y así algo de esa superstición me contagió seguramente. Creo.
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